Asi es El

Así es Él – Mauricio Pulido

La predicación parte de una pregunta fundamental: ¿cómo es Dios? Para responderla, se toma como punto de partida Sofonías 3, un capítulo que comienza hablando de juicio, pecado, corrupción y consecuencias, pero que termina con una poderosa promesa de restauración.

Sofonías 3:17 declara: “Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría”. Y el versículo 20 añade: “En aquel tiempo yo os traeré, en aquel tiempo os reuniré”. El pueblo había experimentado cautiverio, dispersión, vergüenza y dolor, pero ninguna de esas circunstancias tendría la última palabra.

La enseñanza destaca una verdad: Dios restaura. No porque las personas siempre lo merezcan, sino porque su carácter está marcado por la gracia, la misericordia y la fidelidad.

Esto puede observarse en diferentes historias bíblicas.

David cayó gravemente en pecado, pero no permaneció definido por su caída. En el Salmo 51 reconoce su pecado y clama: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). El arrepentimiento de David no consistió solamente en pedir que se borrara una culpa; también buscó una transformación interior. Esta dimensión de renovación resulta fundamental para comprender la restauración bíblica.

Noemí representa a quien ha sido golpeado por circunstancias que no puede controlar. Perdió a su esposo, a sus hijos y sus recursos, hasta llegar a decir: “Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías” (Rut 1:21). Sin embargo, Dios utilizó la presencia de Rut y posteriormente la llegada de una nueva familia para transformar una historia de amargura en una historia de esperanza.

José representa a quienes sufren injustamente. Sus hermanos lo vendieron como esclavo, pero Dios utilizó aquello que parecía destrucción para conducirlo hacia una posición desde la cual pudiera preservar muchas vidas. Génesis 50:20 resume esta realidad: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien”.

El hijo pródigo representa otra clase de caída: la provocada por decisiones personales. Se alejó voluntariamente de su padre y terminó en miseria, pero cuando regresó, encontró los brazos abiertos de un padre que celebró su regreso. Lucas 15:24 expresa el corazón de la historia: “Este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.

Pero la historia que más claramente muestra la restauración personal es la de Pedro. Fue llamado por Jesús, presenció milagros, caminó sobre el agua y confesó que Jesús era “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Sin embargo, también tuvo miedo, se hundió, se durmió cuando Jesús necesitaba compañía y finalmente negó conocerlo tres veces.

Pedro pudo haber pensado que su fracaso había terminado con su propósito. Sin embargo, después de la resurrección, el mensaje de Marcos 16:7 contiene un detalle extraordinario: “Id, decid a sus discípulos, y a Pedro”.

Jesús no se olvidó de Pedro.

Más adelante, junto a una fogata, Jesús le preguntó tres veces: “¿Me amas?” (Juan 21:15-17). Tres preguntas que recuerdan sus tres negaciones, pero también tres oportunidades para recuperar su propósito. Cada respuesta de Pedro recibió una misión: “Apacienta mis ovejas”.

La aplicación práctica de esta enseñanza es clara: una caída no tiene que convertirse en identidad. El pecado tiene consecuencias, el dolor es real y las decisiones equivocadas deben ser reconocidas, pero la última palabra pertenece a Dios.

Así como ocurrió con David, Noemí, José, el hijo pródigo y Pedro, Dios puede tomar una historia marcada por pecado, pérdida, injusticia, rebeldía o fracaso y conducirla hacia restauración y propósito.

Por eso, la enseñanza invita a cada persona a preguntarse: ¿en cuál de estas historias se encuentra hoy? Tal vez necesita arrepentirse como David, recuperar esperanza como Noemí, perseverar como José, regresar como el hijo pródigo o levantarse nuevamente como Pedro.

El mensaje final es sencillo y profundo: si Dios llamó a una persona, no se equivocó al llamarla. Su identidad no queda determinada por su peor momento, sino por la gracia de Dios y por lo que Él todavía puede hacer con su vida.

Así es Él: un Dios que no abandona, que restaura, que vuelve a llamar por nombre y que transforma la vergüenza en honra.

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